Mostrando entradas con la etiqueta Economía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Economía. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de diciembre de 2013

Competitividad: el problema no son los salarios, sino los beneficios empresariales

La competitividad se ha convertido en el mantra predilecto de las autoridades económicas europeas y españolas. Según el discurso oficial, España tiene un problema de falta de competitividad, y la vía de mejora pasa por políticas de austeridad y la “devaluación interna”: abaratar los costes laborales, bajando salarios, para así competir en el mercado global. A desmentir esta falacia se dedica Qué hacemos con la competitividad, último título de la colección ‘Qué hacemos’. Una denuncia de las consecuencias fatales que el discurso de la competitividad está teniendo en Europa y especialmente en España, y una apuesta por un concepto diferente: la Competitividad Estructural. Adelantamos unas páginas del libro, dedicadas a uno de los principales lastres de la economía española: los beneficios empresariales, su poca reinversión, la falta de compromiso de los accionistas con las empresas. Frente a ello, el libro apuesta por fórmulas de reinversión de beneficios en cuyo control participen los trabajadores.

La competitividad en España

 

La reducción de salarios no es una medida necesaria para mejorar la competitividad, sino que está orientada a mejorar la rentabilidad empresarial, los beneficios.
Una visión más amplia del concepto de competitividad, la mencionada Competitividad Estructural, considera que no se trata de reducir como sea los costes laborales para competir como sea, sino establecer las bases para un crecimiento sostenido de la productividad, que redunde en mejoras de la calidad de vida colectiva.

En primer lugar, porque el mero hecho de reducir los costes para ofrecer precios más atractivos no garantiza nada. Para vender hace falta también que alguien compre y la situación actual de la Unión Monetaria Europea se caracteriza por un estancamiento generalizado, derivado precisamente de la aplicación simultánea de políticas de restricción fiscal y devaluación salarial. Sorprendentemente, son las propias autoridades europeas las que están promoviendo esta “carrera hacia abajo” de los salarios en busca de mayor “competitividad”, sin comprender aparentemente que no todos los países de la eurozona pueden ser a la vez exportadores netos (¿quién comprará la producción?) o que una reducción generalizada de los costes salariales no modifica la situación competitiva relativa de cada país. La alocada carrera por los ajustes en la eurozona obvia este hecho, aplicando una vieja y errónea idea acuñada por el economista francés Jean Baptiste Say, según la cual la oferta creaba su propia demanda. Pero si todas las economías del área tratan de reducir salarios para ofertar precios más competitivos resultará que ninguno de sus principales socios los adquirirá, en la medida en que el poder adquisitivo del conjunto de sus trabajadores será cada vez menor.

Además, dadas nuestras actuales especializaciones productivas y la baja tasa de reinversión de beneficios, es bastante improbable lograr cambios significativos en la composición y el tamaño de nuestras exportaciones y mejorar la “competitividad estructural” incrementando las exportaciones de mayor productividad y contenido tecnológico, únicamente a través de bajadas en los salarios.
En tercer lugar, estas medidas y las de recorte presupuestario deprimen aún más la demanda interna (consumo e inversión de los hogares, empresas y administraciones públicas). Por tanto, no sólo sería necesario que las exportaciones crecieran a una tasa mayor como consecuencia de las medidas de devaluación interna, sino que lo hicieran a una tasa suficiente para compensar los efectos negativos sobre el crecimiento y el empleo que tiene la caída del consumo y la inversión. Algo imposible.
En la actualidad España se enfrenta al reto de afrontar un cambio de modelo productivo en el que se incrementen las actividades exportadoras basadas en la Competitividad Estructural y que sea capaz de financiarse básicamente mediante la reinversión de beneficios y la financiación exterior a largo plazo. Apostar por una “economía de alta productividad”, abandonando el modelo que podríamos denominar como “economía acordeón”: una economía que crece a tasas muy altas en épocas de crecimiento por la afluencia de capital exterior cortoplacista, y que se encoge, entrando en abruptas etapas recesivas, cuando el capital exterior desaparece.

Insistir en un modelo de “economía acordeón”, como EuroVegas en Madrid, o los nuevos planes urbanísticos expansivos de muchos ayuntamientos de Andalucía, al que se añade el impulso a las actividades exportadoras de baja productividad, supone tomar una dirección equivocada –y poco eficaz- para lograr la pronta recuperación de la economía española. Es ahondar en el mismo error del pasado, un error que pagarán varias generaciones futuras. Supone que en vez de tomar medidas para solventar las carencias tradicionales del empresariado español, relacionadas con la escasa reinversión de beneficios que impide incrementar sustancialmente la productividad, se decide que esas ineficacias las paguen los trabajadores, mediante una fuerte devaluación salarial y de las condiciones de trabajo, lo que hará mucho más lenta, y por tanto dolorosa, la salida de la crisis, como indica la caída del PIB del 1,4% en 2012 y las previsiones para 2013 de descenso del PIB en un 1,5%.


La clave de la Competitividad Estructural es la productividad

 

La incapacidad política de los gobiernos de actuar eficazmente sobre el sector financiero y energético ha hecho que finalmente el esfuerzo de reducción de costes haya recaído sobre los costes laborales, lo que tiene consecuencias demoledoras sobre la competitividad estructural, ya que reduce el tamaño de la demanda nacional y su sofisticación (se reduce la demanda productos de alta elasticidad renta, de alto contenido tecnológico). La competitividad estructural de una economía depende de su grado de capitalización, en términos de infraestructuras y accesibilidad, capital humano, e innovación tecnológica.
El resultado del escaso volumen de beneficios reinvertidos ha hecho que el stock de capital productivo, excluidas las viviendas, en los últimos 15 años creciera a una tasa tan solo del 1%, mientras que en los años sesenta y setenta creció a una tasa anual del 10%. La inversión en maquinaria y bienes de equipo, que viene descendiendo en términos absolutos desde 2008, durante la última década tan sólo ha representado como media un 26% de la formación bruta de capital, porcentaje muy inferior tanto a la inversión en vivienda (un 39,2%) como a la inversión en otros edificios y construcciones, (un 34,4%). La tasa de inversión en bienes de equipo llegó a suponer el 8% del PIB en 2007, pero en los nueve primeros meses de 2012 tan sólo significó el 6%, habiendo descendido en un 6,4% respecto al mismo periodo de 2011.


El decreciente compromiso de los accionistas con sus empresas, entre cuyas causas también está la financiación exterior cortoplacista, es un elemento muy preocupante en una economía como la española, ya que el stock de capital en 2009 representaba tan sólo un 161% del PIB, un peso muy inferior al que tiene en otras economías desarrolladas como Alemania, un 184% y EEUU, un 209%. El stock de capital productivo privado por empleado en 2009 apenas representó un 75,6% de la media del área euro, el mismo porcentaje que en 1995. La tradicional escasez de capital productivo es un elemento básico a la hora de explicar la baja productividad de las empresas españolas, sobre todo de las pequeñas y hay que recordar que la estructura empresarial de nuestro país se caracteriza por su atomización.
Para avanzar hacía una “economía de mayor productividad”, que mejore su competitividad estructural, hay que impulsar el esfuerzo inversor privado, para que incremente volumen de capital físico y de innovación tecnológica, revirtiendo la falta de compromiso de los accionistas con sus empresas, a la vez que debe ser desacoplado de actividades especulativas a corto plazo, como la inmobiliaria.


I.-Impulsar fiscalmente Fondos de Reinversión de Beneficios en cuyo control participen los representantes de los trabajadores.

Como hemos visto, intentar establecer una estrecha relación entre la evolución de los salarios y la competitividad tiene un fuerte sesgo ideológico, ya que los datos muestran que no han sido los salarios el factor que ha generado tensiones inflacionistas. El origen de nuestro diferencial de inflación respecto la UE (y de parte de la burbuja de activos inmobiliarios) está en el  incremento de los beneficios empresariales distribuidos a los accionistas y de los intereses financieros pagados por los prestamos solicitados, la parte del beneficio que no se reinvierte en la empresa, que no incrementa su productividad. El porcentaje que representan ambos conceptos sobre el beneficio total pasó del 39% en 1995 al 60% en 2008. Esto muestra un menguante compromiso de los accionistas con sus empresas, que fue favorecido por la mejora en el tratamiento fiscal de los gastos financieros en el Impuesto de Sociedades, impulsado por el PP en los años noventa, ya que en términos fiscales era más rentable pedir créditos (incluso a los accionistas) para afrontar las necesidades de inversión de una empresa que aumentar su capital.

Por ello resulta imprescindible incentivar la reinversión productiva de los beneficios de las empresas. La reducción del porcentaje de beneficios distribuidos a los accionistas (los que han generado inflación de precios y activos inmobiliarios) no reduce su riqueza, aunque sí su renta disponible. La reinversión de beneficios incrementa su patrimonio a largo plazo, el valor de las acciones (si la empresa cotiza en bolsa) o el valor de sus activos.  

Una mayor participación de los representantes de los trabajadores en el destino de estos fondos puede tener indudables efectos positivos en la productividad. Ya que la implicación de los trabajadores puede ser determinante para obtener mejoras en la posición de poder de mercado, e incluso de monopolio, a la que pueden acceder las grandes empresas en, al menos, tres aspectos: 1)el acceso a la tecnología, 2)los conocimientos de gestión en equipo, y 3)la mejora de ideas de comercialización. Como reconoce la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo en su proyecto EPOC: “las propias empresas reconocen que la participación de los trabajadores es un elemento determinante en la generación de riqueza”.

Las experiencias desarrolladas en Alemania a través de los Consejo de Vigilancia, donde hay más de 800 empresas que disponen de ese órgano, o en Suecia, donde se desarrollaron los Fondos de Asalariados, ponen de manifiesto el papel que juega la participación de los trabajadores en la alta competitividad y productividad de las empresas de esos países. “La cogestión lleva a que el personal se identifique más con su empresa y los conflictos puedan ser solucionados en un marco de diálogo” (Angela Merkel dixit).

Qué hacemos con la competitividad es una obra colectiva escrita por Bruno Estrada, María José Paz, Antonio Sanabria y Jorge Uxó. Más información en la web de la colección.



sábado, 9 de noviembre de 2013

¿Cómo se crea el dinero y quién se encarga de ello?

 

 Por Eduardo Garzón

 

Todavía hay muchísimas personas que no saben cómo se crea el dinero ni quiénes son los encargados de hacerlo. Resulta curioso comprobar que la creación de algo que es tan cercano a nosotros y tan importante para nuestras sociedades sea un tema ampliamente desconocido. Pero que sea curioso no quiere decir que sea casual. 

Si esta información resulta tan desconocida es porque jamás ha sido difundida por los grandes medios de comunicación y porque jamás ha sido ofrecida en los centros de enseñanza. No hay interés en ello, a pesar de que a nadie se le escapa que debería ser un tema básico. Vamos a ver por qué hay interesados en ocultar esta información.


El dinero que existe hoy día en nuestras sociedades puede dividirse en dos tipos: por un lado está el dinero en efectivo (el dinero físico compuesto por billetes y monedas), y el dinero bancario (las anotaciones digitales como las que vemos en nuestra cuenta del banco donde los números suben y bajan). Normalmente se piensa que detrás de cada número digital hay una cantidad de monedas o de billetes que lo respaldan; que si vemos una cifra de “100” es porque representa 100 euros en monedas o en billetes. Pero no es así ni mucho menos. De todo el dinero que hay en circulación en nuestro planeta sólo un 1% corresponde a monedas y billetes. El resto –el 99%– corresponde a simples anotaciones bancarias (cifras digitales) que no tienen ningún respaldo en dinero físico.

El dinero en efectivo (monedas y billetes) sólo puede ser creado por la institución oficial encargada de ello. En el caso de la Eurozona esta labor corresponde al Banco Central Europeo, que tiene la potestad de imprimir billetes y crear monedas. Nadie más puede hacerlo, salvo que se trate de dinero falsificado. Esto sí es algo conocido por la inmensa mayoría de la población. El problema radica en que buena parte de estas personas creen que sólo existe el dinero en efectivo.

El dinero bancario, en cambio, puede ser creado por la misma institución que fabrica los billetes y las monedas, pero también –y sobre todo– por los bancos privados (también las cajas de ahorro en el caso español). Así lo permite la legislación, aunque dentro de unos límites.

Pero, ¿cómo crean los bancos privados dinero bancario? Veamos un ejemplo. Supongamos que Sofía decide meter en su banco 100 euros en monedas y billetes. Esa cantidad de dinero es dinero en efectivo, que tuvo su origen en las máquinas de imprimir billetes y crear monedas del Banco Central Europeo. Una vez el banco privado se hace con los 100 euros de Sofía, lo que hace es guardar una moneda de 1 euro de Sofía en la caja fuerte. El resto de dinero (99 euros) lo puede usar para sus actividades, ya sea prestar dinero a algún otro individuo u empresa, o invertir en activos financieros (como acciones, deuda pública, productos derivados, etc). Así lo permite la ley, que como mucho obliga al banco a almacenar en sus cajas fuertes el 1% de todo el dinero que depositen sus clientes (en este caso el 1% de 100 es 1). Con el resto del dinero puede hacer lo que quiera con tal de hacer negocio. Como el banco hace lo mismo con todos los depósitos de sus clientes, al final en su caja fuerte acaba almacenando bastante dinero en efectivo (el 1% de dinero que deposite un cliente + el 1% del dinero que deposite otro cliente + el 1% del dinero de otro… y así sucesivamente). De esta forma, en el caso de que Sofía quiera retirar sus 100 euros, el banco irá recolectando el 1% del dinero de muchos de sus clientes. Puesto que no todos los clientes irán a retirar su dinero a la vez, el banco siempre tendrá suficiente dinero en efectivo para devolver el dinero a aquel que lo desee. Ahora bien, si todos los clientes o muchos de ellos quisieran retirar su dinero, no podrían hacerlo porque en realidad el banco sólo guarda en su caja fuerte el 1% de todo lo que depositaron. El banco tendría que declararse en quiebra, y los ahorradores perderían su dinero a no ser que el Estado se los garantizase de alguna forma.

Pues bien, supongamos que el banco de nuestro ejemplo guarda 1 euro de Sofía en su caja fuerte y los 99 euros restantes los presta a otra persona: Juan. Éste es el momento en el que el banco crea dinero nuevo. Ahora Juan cuenta con 99 euros, pero Sofía sigue contando con sus 100 euros, porque aunque los tenga en su cuenta del banco puede seguir utilizándolos mediante su tarjeta de crédito. Y Juan también puede hacer compras por valor de 99 euros. Antes de producirse el préstamo sólo había dinero por valor de 100 euros (era todo dinero en efectivo), pero ahora hay 199 euros en circulación (de los cuales los 99 euros nuevos son de tipo bancario –no son monedas y billetes, sino simples anotaciones digitales).
El proceso sigue, porque Juan ha pedido al banco 99 euros para algo. Imaginemos que se compra libros por esa cantidad. Ahora el dueño de la librería correspondiente será quien tenga los 99 euros. Cuando vaya a guardarlos en su banco (que puede ser el mismo que el de Juan y Sofía, u otro diferente), el banco guardará en su caja fuerte sólo el 1% de esos 99 euros (para simplificar el ejemplo suponemos que es otra vez 1 euro), y el resto los usará para otra cosa. Si guarda 1 euro y presta los 98 restantes a otra persona, entonces de nuevo se habrá creado dinero bancario. Si recapitulamos, en este momento habrá en circulación 297 euros (100 euros de Sofía, 99 euros del librero, y 98 euros del nuevo personaje).

Y este proceso continuará mientras haya personas, empresas o administraciones públicas que sigan depositando sus ahorros en el banco, y mientras haya otras personas, empresas o administraciones públicas que pidan dinero prestado a esos bancos. De esta forma, con tal sólo el respaldo de 100 euros en efectivo se podrían crear hasta 4950 euros de dinero bancario, aproximadamente.

Así es como se crea la inmensa cantidad de dinero que utilizamos en nuestras economías desarrolladas. Como se puede comprobar, el poder de crear dinero reside en manos de los bancos privados, y ello porque así lo decidieron hace tiempo las autoridades monetarias. Hoy día, la función de los bancos centrales es la de limitar y controlar el dinero que crean los bancos privados (este control monetario lo explico en otro artículo). La mayor parte del dinero no la crea una institución oficial y pública que se preocupe de que la cantidad total de dinero en circulación sea la óptima para nuestras necesidades económicas y sociales, sino que la crea una serie de empresas privadas que compiten entre sí y cuyo único objetivo es obtener la mayor rentabilidad posible sin importarle lo más mínimo que la cantidad de dinero creado sea absolutamente desestabilizadora del orden financiero y económico (en forma de burbujas de crédito, de activos financieros, de inmuebles, etc (1)).

Es importante no perder de vista el inmenso poder que supone controlar la creación de dinero. Por un lado, tener la capacidad de crear dinero otorga un colosal poderío microeconómico, en tanto en cuanto los bancos privados tienen amplio margen para dar dinero a quienes deseen (ya sea a sus propios propietarios, o a empresas allegadas, o a amigos, o a partidos políticos que luego en el poder devolverán el favor legislando, etc). Por otro lado, tener el poder de crear y controlar el dinero que se utilizará en la economía supone una responsabilidad extraordinaria para con los ciudadanos. Que haya más o menos dinero en circulación de la cuenta, que éste esté asimétricamente distribuido, o que se concentre extraordinariamente en determinados sectores (como los de la construcción, por ejemplo) puede repercutir muy negativamente sobre el bienestar de la población.

Por todo ello, si existe tanto interés en que la mayoría de la población desconozca quién puede crear y controlar el dinero es porque estos interesados no quieren que la gente sea consciente de los enormes privilegios que obtiene la banca al detentar este poder y de la inmensa responsabilidad que tiene en la formación de burbujas financieras.


Notas:
(1)   Teniendo en cuenta esto resulta más fácil entender por qué los principales responsables de la burbuja inmobiliaria y de crédito en España (y en otros países) han sido los bancos privados y los bancos centrales (Banco Central Europeo y Banco de España), ya que son los verdaderos encargados de crear y controlar la cantidad de dinero (y de deuda) en circulación.

Fuente: http://eduardogarzon.net/